Piano

Brian era el típico joven inglés de mediados de los setenta, lleno de energía, rebelde y ambicioso. El problema era su padre. Lord Hoffman era aberrantemente anticuado. Odiaba la juventud, el amor, la modernidad y cualquier signo de rebeldía.

El causal de tanto odio era la muerte de su amada, la madre de Brian. Militante de corazón, la joven Emily creía en un cambio real para la vieja Inglaterra. Su relación fue realmente atípica. Una chica de los suburbios y él, de la más alta élite inglesa. A pesar de aquellas diferencias, el amor que había entre ellos quedó encarnado en Brian. La necesidad de un cambio la llevó a una multitudinaria marcha en la que murió en un confuso hecho. Desde entonces, Lord Hoffman odia a la vida en general. Él sólo se mantenía con vida para cuidar de su hijo, paradójico motivo, ya que realmente lo estaba dañando mucho. La vieja casona de la familia Hoffman era gigante y hermosa, con una enorme cantidad de sirvientes. Sin embargo, Brian no era feliz. Él era educado en casa y tenía terminantemente prohibida la salida al exterior. Su padre le había dicho que el mundo era un lugar muy cruel y que podría salir cuando cumpliese 18 años.

Lord Hoffman tenía un segundo amor: la música. Él era un fantástico pianista. Obviamente tenía que existir un pero: sólo consideraba música a las obras clásicas, como las de Mozart o Tchaikovsky. Odiaba visceralmente al rock y cualquiera de sus variantes. En la vieja casona no había televisores. Sólo una antigua radio en la habitación de Lord Hoffman junto a la gran colección de vinilos y el piano, quien merece mención aparte. Este piano era uno de los más hermosos y finos construidos por el hombre. Allí fue donde Brian aprendió a tocar con gran habilidad, siendo su padre, su maestro. Día y noche, tocaba aquel piano. Él sentía hartazgo y placer al mismo tiempo. Sin lugar a dudas, estar haciendo lo mismo durante años llevaría al hartazgo a cualquiera. Sin embargo, este era el único modo de divertirse que tenía. Con tanta práctica, había desarrollado una habilidad mayor que la de su propio maestro. Pero él quería ser libre, no estar encerrado tocando el piano.

La promesa de su padre se cumplió: cuando Brian cumplió 18 años, lo dejó salir. Deambuló por la ciudad con miedo y excitación, sintiendo que la gente lo observaba con asombro. Una peculiar música le llamó la atención y siguió la melodía hasta un pequeño bar, oscuro, lleno de retratos de extravagantes personas. Estaba completamente vacío, sólo se escuchaba la música. La acústica del lugar era pésima, eso lo notó apenas entró, pero se estremeció al escuchar un bellísimo coro de la canción scaramouch, scaramouch will you do the fandango. Realmente no podía creer la belleza que entraba por sus oídos, no podía creer todo lo que se había perdido. La canción terminó con un profundo anyway the wind blows y el silencio se apoderó del lugar. Pasmado, en medio del vacío bar, logró ver un objeto familiar sobre un improvisado y escueto escenario: un piano, terriblemente maltratado y viejo, que parecía llamarlo a gritos. Fue hacia él y, como si estuviese hipnotizado, comenzó a ejecutar aquella hermosa melodía que había escuchado.

“Tocás bien para parecer un aburrido señorito” dijo una femenina voz. Una hermosa chica había aparecido desde una puerta lateral del bar. Brian no podía creerlo, una revolución hormonal se generó en su interior. Ella, bellísima y provocativa, se subió al escenario con él. “Vamos a ver que tal suena si tocamos juntos” dijo mientras agarraba una guitarra.

Fuera de los problemas de destiempo, la interpretación salió bastante bien. “Parecés el mismo Freddie Mercury” dijo la chica guiñándole un ojo. Él se quedó pasmado, no sabía de quien le hablaba. “¿Hola? Freddie Mercury, Queen, Bohemian Rhapsody, ¡lo que acabamos de tocar!, ¿estuviste encerrado los últimos cinco años?”. Él seguía pasmado, no tenía la menor idea de que decir, nunca había hablado con una chica así y no sabía si debía contarle la verdad. “Pará… vos… ¿vos sos el chico del que tanto hablan?… ¡el hijo de Lord Hoffman!”. Brian sólo asintió moviendo la cabeza. La chica se disculpó por haberle preguntado esas cosas y lo invitó a tomar algo. Ella dijo atender el bar por las tardes, que era una tarea aburrida ya que casi no iba gente a esa hora. Estuvieron más de dos horas hablando, sobretodo de música. Ella le contaba de las bandas de la época mientras ponía algunos vinilos que él analizaba desde la profunda teoría musical que tenía. Escucharon completo A Night at the Opera y él enloqueció. “Te estoy aflojando eh, ya estás hablando más” le dijo con una sonrisa mientras él se sonrojaba. Realmente la estaban pasando muy bien. Brian no podía diferenciar entre amistad y enamoramiento en ese momento, ya que nunca había sentido ninguno de esos sentimientos realmente. Ella se dio cuenta de que algo le pasaba y se animó a dar el primer paso. Sus labios se fundieron y sus lenguas jugaron torpemente. Brian nunca había besado a una chica, así que sólo se dejó llevar. Antes de que se diera cuenta, estaban caminando de la mano, sobre un clásico empedrado londinense, borrando todos los problemas del pasado, viviendo el feliz presente y soñando un hermoso futuro. Al entrar a la casa, una enorme pasión se apoderó de ellos y compusieron, bajo las sábanas, su propia rapsodia bohemia.

Tormenta

La oscuridad había logrado devorar la luz y dominar uno de tantos enfrentamientos que se habían librado en esa guerra eterna. El cielo, campo de batalla habitual, presentaba un ambiente sumamente tétrico, totalmente apagado, con una atmósfera tan viciada que hubiese asfixiado a cualquier mortal. Con aires de victoria, la oscuridad continuó expandiéndose, pero la luz no iba a darse por vencida. Feroces sablazos blancos arremetieron contra la enorme masa de oscuridad, quien tenía tanta maldad que por sus venas no corría sangre, sino agua helada.

Este fenómeno era observado con cierta vehemencia por la gente de la Tierra, quienes atribuían aquel hermoso espectáculo a un mísero efecto climatológico. Pero la vehemencia se fue transformando en terror, porque la magnitud de la batalla crecía exponencialmente. Los cortes que sufría la oscuridad eran cada vez más grandes e hirientes, por lo que la cantidad de agua que caía iba en aumento. Con mucha violencia, el diluvio producto de aquella batalla azotó cruelmente a la gente de la Tierra, cobrándose varias víctimas fatales.

La lucha duró algunas horas hasta que la oscuridad, muy mal herida, decidió retirarse y la luz, victoriosa, volvió a imponerse. La balanza de fuerzas había quedado equilibrada momentáneamente, la paz había vuelto a reinar.

Desde el comienzo de los tiempos ha sido así, una lucha sin fin. No sabemos cuanto tiempo se mantendrá esta paz, pero seguramente será menor que el necesario para recomponer el caos que habían causado.

Dos Conejos

Dos pequeños conejos se habían encontrado en una peculiar situación. Una manaza podrida había caído de un árbol y debido a su gran curiosidad se encontraron junto a ella. Pero esto no era lo peculiar: de pasado similar (¿será, tal vez, un pasado común a todos los conejos?) y aguerridas almas, con las miradas perdidas hacia un punto del desconcertante futuro, los dos conejos se dieron a la fuga. Sí, a la fuga, de una manera totalmente errática, sin importarles el resto del mundo y sin detenerse a pensar en que estaban haciendo. Sólo querían disfrutar un poco después de tantos problemas y sufrimiento. Querían aprovechar ese milagroso descanso, esa misericordiosa tregua que se les presentaba.

Pero la burbuja parecía estar obligada a romperse, definitivamente todo parecía ser demasiado bueno. Las dudas comenzaron a aparecer, el miedo comenzó a aparecer. Los conejos ya no corrían a la par, ahora trotaban, confundidos y a destiempo. Pero, unidos por un indescriptible lazo de extraños sentimientos, alternando entre felicidad y tristeza, e incluso deteniéndose en ciertos momentos, ambos continuaron por el mismo camino.

Este es el presente. Ningún observador, por más entrenado que esté, podría preveer lo que sucederá en un futuro, ya que ni siquiera ellos pueden decirlo.

Sólo tenían una certeza: ese momento de locura en el que ambos se conectaron de forma mágica hizo que cualquier tipo de sufrimiento o confusión posterior valiera la pena.

Oasis

El Sol ardía sobre mi cabeza. Era como si tuviese la vista puesta en mí desde hace un largo tiempo. Nunca dejaba de atacarme. Nunca se detenía. Nunca se escondía.

Quien sabe cuanto tiempo pasé vagando sobre ese arenoso suelo, plano y aparentemente infinito. El paisaje se presentaba repetitivamente desalentador, sólo había arena a la vista. Tenía todo el cuerpo llagado y mis ojos estaban muy dañados. Cualquier cosa que intentara ver estaba cubierta por un manto rojizo. Pero, a pesar de todo, nunca dolía. Nunca sentía. Nunca vivía.

Caminaba siguiendo una imaginaria ruta que había trazado con supuesta premura en un momento de supuesta lucidez. Todos supuestos. Realmente ya no confiaba en nada que saliera de mi mente.

En un momento comencé a sentir el aire un poco menos seco. Bueno, en realidad creo que comencé a sentir. Fue una sensación extraña, mas no desagradable. La arena bajo mis pies parecía más compacta, me costaba menos caminar. Además, podía sentir el esfuerzo que hacía al caminar. Me gustaba poder sentir eso, me producía mucho orgullo. La vista parecía aliviarse un poco al ver que el manto rojizo iba desapareciendo. De pronto, una inesperada y fresca brisa me abrazó. Cada llaga, cada poro de mi débil cuerpo entonó un grito desgarrador. La humedad del ambiente escaló de forma extrema. Antes de darme cuenta estaba flotando en una inesperada masa de agua.

Era un oasis. Realmente había llegado a un oasis. Estaba lleno de vida, con flores de hermosos colores que adornaban la vista mientras suaves plantas acolchonaban el suelo.

Nunca sabré si realmente existía o era una invención mía, pero el agua se sentía tan real. Tan dolorosa. Tan viva.

Seguiré viviendo en él hasta que lo destruya, desaparezca o me de cuenta de que se trataba sólo de un espejismo. Entonces, volveré a caminar por el desierto en busca de una nueva esperanza, de un nuevo oasis. Después de todo, la vida es una larga búsqueda de oasis.

La Balsa

Aquella era una fría mañana. Faltaban sólo algunos minutos para que el Sol rompiera con la oscuridad residual que había quedado de la noche anterior.
Se podía ver el rocío sobre el césped, lo que hacía que los jardines parecieran cubiertos de diamantes. Es increíble lo difícil que resulta explicar lo bello y frágil que se ve una cristalina gota de rocío sobre un fino trozo de hierba. Yo me encontraba deambulando, sintiendo la cálida caricia de la fría brisa en mi cara.
Al girar en una esquina me encontré con una desolada plaza. Decidí descansar un rato, así que me senté en uno de los pocos bancos sanos que quedaban. Comencé a examinar el panorama que había desde allí. No pude contener mi asombro: vos, mi tan querida amiga, estabas apoyada sobre un poste, mirando fijamente el horizonte.
Me pareció muy extraño verte sola a esas horas de la mañana. Salí de mi estado de estupefacción y me dirigí hacia vos. Te hablé y permaneciste indiferente. Te pregunté que hacías ahí, me dijiste que esperabas el colectivo. Curiosa cuestión, ya que ningún colectivo pasa por esa calle. Te comenté eso y me preguntaste quién era. Pensé que era una broma, pero no, realmente no podías reconocerme. Seguí insistiéndote, intentando que me recordaras, pero nada dio resultado.
Al final, sólo me derrumbé a unos metros, con la mirada en blanco, intentando entender la situación. Éramos dos desconocidos esperando un colectivo que no pasaría nunca.
Cuando parecía que las cosas no podían ponerse más extrañas, una figura comenzó a dibujarse en el horizonte. Vos te exaltaste mucho, el colectivo al fin estaba viniendo. Fue cuestión de un parpadeo para que pasara algo inimaginable: la calle se había convertido en un río y la figura lejana era en realidad un pequeño bote conducido por un anciano.
Ya no podía entender nada, todo parecía una loca fantasía. El anciano nos invitó a subir a cambio de una moneda. Dudé por unos segundos, pero viendo que ya no tenía nada que perder y que vos no te resististe, lo hice.
Desde el banco pude ver como el bote se alejaba, llevándose para siempre aquella amistad, a aquellos amigos desconocidos. Amigos que nunca más volverán a reconocerse.